Los señores Alonso puede que estrictamente no sean, como ellos reclaman, un “fondo buitre”, aunque actuaron como si lo fueran. Sobrevolaron a su presa, Mari Carmen, durante años hasta poder desahuciarla del nido cuando alcanzó el grado suficiente de vulnerabilidad. Puede que no sean “buitres”, aunque solo sea por su tamaño, pero son “cernícalos lagartijeros”, igual de rapaces y depredadores, aunque más pequeños.
Lo cierto es que las viviendas se han sometido a la “ley” odiosa del mercado libérrimo que las ha convertido en objeto de especulación sin fronteras. Y esto lo han planeado y perpetrado, sin duda alguna, los fondos buitre mediante el procedimiento de acumulación sin límites. Un procedimiento o proceso que pertenece a la “naturaleza” misma del sistema, sobre todo, cuando los poderes públicos, por fas o por nefas, renuncian o abdican de su obligación y deber de intervenir y regular los mercados para, cuando menos, evitar salvajadas. Es la “naturaleza” de las rapaces, como la del escorpión que se trincó a la rana, que trataba de salvarlo cruzando el río y se ahoga con ella.
Los fondos buitre se apoderan, por apropiación indebida, de gran parte de la vivienda, convirtiéndola en mera mercancía y se adueñan del mercado. Pueden manipular así el mecanismo (no ley) de la oferta y la demanda, incrementan los precios al ritmo de su interés, crean nuevos productos inmobiliarios precarios e infradotados como los alquileres turísticos, temporales o por habitaciones, arrastran irremisiblemente a los pequeños y medianos tenedores de vivienda al remolino de la especulación y alimentan la reproducción de buitres y la generación de cernícalos que entran en el juego del mercado salvaje.
Los señores Alonso, son, pues, un “fondo cernícalo” que, si logra crecer como también es su “naturaleza”, será un “buitre” de la selva especuladora y rentista en que se ha convertido aquel mercado, equilibrado y socialmente útil, de los caseros.
Los caseros son otra cosa. Son, generalmente, trabajadores, pequeños empresarios, menestrales y profesionales que, con su esfuerzo y su ahorro, consiguen su vivienda y algunas otras- siempre pocas- que ponen en alquiler o venden. El objetivo de estas operaciones suele ser alcanzar un patrimonio para dejar una pequeña herencia a sus hijos, para asegurarse una vejez digna, para apoyar el proyecto vital de sus vástagos o para completar sus ingresos en orden a mejorar su calidad de vida y la de su familia. Y esto es, como dije, y debe seguir siendo otra cosa a sostener y apoyar.
Yo, que soy y siempre he sido inquilino, creo conocer bien el percal del casero. Sobre todo cuando el trato y el contrato se hace directamente con ellos, conociéndose y si intermediarios inmobiliarios, tantas veces arrastrados por buitres y cernícalos lagartijeros al mercado salvaje.
Los poderes públicos, si son eso y visto a donde nos llevan los buitres y cernícalos, tienen la obligación política, ética y moral de intervenir para impedir la especulación de bienes y servicios que cubren derechos fundamentales de los ciudadanos y para proteger los derechos de los inquilinos, de los caseros de verdad y de los que venden o compran sus viviendas para lo que son, para vivir.
Hay que expulsar del mercado, por ley y por norma, a buitres y cernícalos. Y mientras esto no se haga ha de mantenerse e incrementarse esta legítima demanda social.
La agitación de las llaves se ha convertido se ha convertido en señal y símbolo de la lucha por el derecho a la vivienda. Así nos lo muestra la bella y significativa foto, tomada por MIGUEL MUÑIZ.