La fiesta nacional española tiene muy escasa repercusión popular. Mucha gente no tiene claro ni que exista. El 12 de octubre es para muchos el día del Pilar o la fiesta de los picoletos y para todos un festivo, que si cae bien, es un “puente”. Es una celebración predominantemente militar, escasamente civil y en absoluto ciudadana o popular. Todo lo contrario a lo que sucede en muchos otros países, donde la fiesta nacional es fundamentalmente civil, cívica y de celebración popular.
Aquí, aun teniendo un día específico de las fuerza armadas, también en la fiesta nacional el acto central es un desfile militar, que junto con los actos políticos vip, cubren prácticamente toda la celebración. Parada militar, por cierto, que fue instaurada por Aznar junto con la concepción y reivindicación de la hispanidad como “conquista, civilización y cristianización” de América. Sin complejos, es decir, chuleándose de la conquista americana, “del imperio hacia dios”, de la cruz y la espada y del sometimiento, cuando no genocidio, de tantos pueblos americanos, mucho más que del “descubrimiento”, Es el mismo Aznar que, cuando nos llevó a la guerra de Irak, creía estar continuando “la reconquista”.
El 12 de Octubre fue primero día de la Raza, por obra y gracia del asturiano D. Faustino Rodríguez San Pedro, bisabuelo de Rodrigo Rato, (¡vaya por Dios)¡, ministro naturalmente con los conservadores Silvela y Maura y, durante un par de años, diputado a Cortes por Cuba. Seguramente la idea del Día de la Raza (1913) revela la patológica añoranza por la pérdida de todas las colonias americanas y, concretamente, la de Cuba unos pocos años antes. Si no había colonias se inventaba la “raza hispana” que pretendía salvar el trauma por la caída definitiva de aquel imperio por el que “se caminaba hacia Dios”.
La gran estafa ideológica y acientífica de “la raza”, para diferenciar, excluir y enfrentar a grupos humanos, generó tales catástrofes humanitarias que se hizo intragable hasta para personajes tan reaccionarios como Ramiro de Maetzu, que propuso cambiar “raza” por “hispanidad”. Respondía a la misma frustración imperial, pero daba el pego.
Franco conservó el día de la Hispanidad, aunque la fiesta nacional del franquismo fue siempre el 18 de julio. Y sucedió que, como a la actual democracia anoréxica se llegó por una reforma política consensuada y se descartó la ruptura con el franquismo y su depuración, se tomó el Día de la Hispanidad para que fuese la Fiesta Nacional, pero con el mismo fondo simbólico reaccionario impulsado por Aznar.
Lo cierto es que, como en el caso de la fiesta nacional, los símbolos nacionales de España despiertan escaso entusiasmo popular, cuando no cierto rechazo, abierto o discreto, de muchos ciudadanos. La bandera es la misma que con Franco, solo que sin el aguilucho imperial; el himno es el del franquismo, no tiene letra y los constituyentes tragaron el “chinda-chinda” y ahora, en celebraciones patrias o deportivas, el entusiasmo patrio se trata de expresar con ese “lolo-lolo”, un tanto esperpéntico.
En el subconsciente de mucha gente anida el sentimiento de que estos símbolos están negativamente connotados de forma indeleble por la dictadura y solo alcanzan a representar o a conmover al sector más reaccionario del país, que puede hacer mucho ruido, conserva mucho poder, pero es raquítico. No se ha conseguido eliminar de nuestros símbolos patrios el gen de la dictadura.
Este desapego y desafecto, cuasi-general o al menos mayoritario, de los símbolos nacionales habría que hacérselo mirar. Debemos de percatarnos de que el mundo de los símbolos es precisamente el líquido amniótico que ha permitido la supervivencia del gen de la reacción y de la dictadura. No hay más que ver cómo los Aznares, los Abascales, los Ayusos, los Feijóo, los nostálgicos del franquismo y toda suerte de reaccionarios plantean sus batallas en el espacio de los símbolos y chapotean en el odio, que es ese lodo que da vida al gen de la dictadura.
Es notoria y evidente la diferencia de cómo la ciudadanía siente, vive y se expresa con los himnos, banderas y fiestas nacionales de las comunidades autónomas y regiones. Es que no tienen el gen de la dictadura.
La enfermedad, ya crónica, de la democracia actual española es genética. Y mientras no se destruya el agente patógeno, que es el gen de la dictadura, nuestra democracia no será sana ni realmente plena. Eso creo.