Yo creo dos cosas. Primero, lo sucedido en Ceuta y, en menor medida, en Melilla, no es la explosión espontánea de una crisis migratoria. Y segundo, nuestros vecinos marroquís seguramente son un pueblo amigo, por el que sentimos en general, si no todos empatía, sí simpatía y amistosa curiosidad general, que se demuestra cuando convivimos con ellos aquí o cuando viajamos allí. Pero la Monarquía Alauita, autócrata, que gobierna el país no es un régimen amigo, por mucho que se trate de disimular en el “círculo polar diplomático”. Y digo esto porque la diplomacia es un grupo restringido de personas, un club, cuyo oficio parece requerir enorme frialdad.

Cada minuto que pasa está más claro que, el asalto masivo a la frontera sur de Europa responde al impulso, por acción y omisión, de una operación política táctica, pero con sentido estratégico, manipulando, para enmascararla, la pulsión migratoria, que sí existe, en la frontera. Las decenas de miles de personas que cruzaron la frontera, marroquís o que estaban en tránsito, no vivían todas, en Castillejos. Tuvieron que trasladarse, en su mayoría, desde otros puntos de Marruecos de forma concertada. Y hacer esto en tiempo y forma, no se puede explicar únicamente, por la llamada al albur en redes sociales y por la acción de las mafias, aunque todas estas hayan sido también utilizadas. Solo un impulso y tolerancia de la administración alauita pudo hacer posible el asalto. Y esto lo demuestran, a mayores, las facilidades que se dieron tanto para el asalto como para la rapidez en las devoluciones. No fue una explosión migratoria, fue un órdago alauita.

Desde la autocracia alauita fue una operación táctica de presión sobre España, para responder posiblemente a las nuevas relaciones hispano-argelinas y, sobre todo, para mantener viva estratégicamente  la reivindicación territorial de Ceuta y Melilla, que puede venirle muy bien al régimen como “casus belli” contra un “enemigo exterior, si tiene que afrontar picos  de una probable contestación interna creciente por la crisis social y política, crónica ya, que sufre el pueblo marroquí y que se viene detectando en movilizaciones, muy notables, de las nuevas generaciones del país, que pueden llegar al rechazo mayoritario de la dinastía reinante.

Creo que tiene razón el excelente analista y experto, Jesús A. Núñez, cuando lúcidamente evoca: “Marruecos lleva años desarrollando esa estrategia -es inevitable recordar la Marcha Verde- en la que movilizó a centenares de miles de civiles marroquís hacia el Sahara Occidental, calculando (acertadamente) que España no se atrevería a frenarlos con su ejército”.

Las reacciones desmesuradas y efectistas de la extrema derecha y de las derechas extremas israelís, americanas y europeas, con Trump a la cabeza y con el vasallaje, tan “patriótico” él, de Abascal y Feijóo, sugieren un hilo conductor y una línea de puntos que los demócratas debieran analizar bien y tomar las decisiones congruentes. Cuando se reacciona de inmediato y desde tantos minaretes al tiempo, es que pasó lo que, se sabía, iba a pasar y que incluso alguien dio luz verde, por otorgar o por callar.

La primera y más grave consecuencia inmediata de todo esto es que la operación costó la vida de decenas de personas inocentes, vilmente manipuladas. Lo que demuestra hasta donde están dispuestos a llegar las autocracias, nuevas y viejas, y el neofascismo global que nos viene amenazando.

Es claro que los poderosos de hoy han optado por afrontar, no resolver, los graves problemas que ellos mismos crean, haciéndonos creer que se deben a un conflicto entre modestos y más modestos, entre pobres y más pobres, entre precarios y más precarios y así acabemos matándonos entre nosotros, mientras ellos dirigen y se lucran de las crisis, los genocidios y las guerras mientras disfrutan, con Creso, en la mesa de Epulón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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