Se alborotó el gallinero con las desatinadas y rimbombantes declaraciones del jefe del Sanedrín católico español, el Obispo Argüello. Primero, acusando al Estado de una presunta y suficiente falta de ética para convertirlo en “una banda de ladrones”, y segundo, acompañando la afirmación con el gesto soberbio de su episcopal dedo acusador, al tiempo que proclamaba: “A las pruebas me remito”. Aunque no dijo cuáles.
Declaraciones, éstas, que sitúan política e ideológicamente, sin complejos y sin pudor, a la jerarquía católica española en concordancia perfecta y literal con los predicadores y almuédanos de la extrema derecha y la derecha extrema de este país: Abascal, Aznar, Ayuso, Feijóo, Tellado y otras hierbas.
Pero menos coyunturales y más significativas del fondo de su pensamiento me parecen las declaraciones y el juicio que el presidente de los obispos emite contra los derechos, las leyes y avances LGTBIQ+. “Hoy -dijo- se llama Territorio del orgullo, LGTBI plus plus, para que quepa todo». Y asegura que «es un fenómeno de deconstrucción, de autonomía para decidir yo mi propio género como expresión máxima orgullosa». «¡Qué bien lo del orgullo! Orgullo, porque ese es el pecado de Satán, el orgullo para decir: yo puedo ser lo que quiera y el cuerpo no es más que un instrumento».
«¡Qué bien lo del orgullo! Orgullo, porque ese es el pecado de Satán…”, exclama Argüello con la satisfacción del eureka de Arquímedes. Y tiene sentido para el obispo, porque con ello se siente ligado a sus dogmas y a la tradición, prácticamente fundacional, del cristianismo. De aquel cristianismo fanático que, en cuanto tocó poder en el imperio romano, arrasó las religiones politeístas con extrema violencia, bajo la dirección de sus jerarcas y de los llamados Santos Padres: los más conspicuos ideólogos de la nueva religión invasora que se consideraba “única verdadera”.
En este proceso de destrucción, con gran violencia, de las religiones politeístas, – denominadas paganas por los cristianos- de criminalización y asesinato de sus fieles, de demolición o apropiación indebida de sus templos, ritos, y propiedades, Satán fue un elemento de referencia cristiana y un factor deshumanizador fundamental. Por eso se alegra tanto Argüello al sentirse ligado a esta tradición diabólica del cristianismo originario, a la hora denunciar “el orgullo satánico ” del ORGULLO LGTBIQ+.
Supongo que en todas las religiones, o por lo menos en muchas, el Demonio o los Demonios son tan importantes como el Dios o los Dioses. En el dogma y las tradiciones del cristianismo esto es evidente. No en vano la demonología es rama fundamental de la Teología cristiana.
Y la cosa empezó y se consolidó en los primeros siglos del cristianismo cuando el Obispo Atanasio escribió la presunta historia de Antonio Abad, un joven acomodado y notable que, alrededor del año 270 d.C., tomó la decisión de abandonarlo todo, una vida de lujo y desenfreno y retirarse a una pocilga primero y al desierto después para dedicarse a la oración y la penitencia. Antonio se hizo famoso por sus mortificaciones y penitencias pero, sobre todo, por haber resistido las tentaciones e incluso ataques violentos de Satanás, que llegó a personarse ante el anacoreta para propinarle palizas, tormentos y apalearlo “ hasta dejarlo sin habla”.
El fantástico e hiperbólico relato de Atanasio fue un éxito literario, desde Egipto hasta Roma, durante los siglos siguientes. Pero lo más importante es que fue principio y base de la construcción de toda una teología del Diablo. Se “personifico” el principio del mal absoluto y se concibió el avance del cristianismo como una guerra, como una batalla entre el bien supremo y el mal absoluto, entre Dios y Satanás. Y así se pudo, no ya deshumanizar, sino incluso satanizar, a los paganos e idólatras, primero, y a los herejes, después, como hijos del diablo, con lo que no solo era justo, sino incluso moral y virtuoso, infligirles castigo, apoderase de sus bienes, destruirlos o matarlos.
Y eso hicieron los cristianos, impulsados por sus pastores, cuando alcanzaron poder en el imperio. Basta recordar, como hitos de esta real y truculenta historia, la demolición salvaje del Serapeum de Alejandría o la tortura y linchamiento de la filósofa, matemática y astrónoma Hepatia, a manos de una turba de cristianos impulsada por el Obispo Cirilo de Alejandría
Esta es la tradición cristiana a la que se abraza, con evidente satisfacción, el Obispo Argüello: “¡Que bien lo del Orgullo! Orgullo porque ese es el pecado de Satán”.
En todos los mitos, creencias y tradiciones, de pueblos y religiones, hay grano y hay paja. En la mayoría más paja que grano. En esta ocasión el Obispo Argüello ha escogido la paja de su tradición porque, para el Sanedrín del catolicismo español, se trata de echar más leña al fuego, nostálgicos seguramente de aquello que llamaron aquí “la cruzada”.
Creo y quiero creer que la mayoría de los católicos españoles, eligen el grano y rechazan las querencias satánicas del Obispo Argüello, porque no están por deshumanizar, y menos aún satanizar, a sus parientes, vecinos, amigos, compañeros y conciudadanos que viven y tratan de amar y ser amados, en la coincidencia y en la discrepancia.