Parece que, si no todos, sí gran parte de los animales y seres vivos generan mecanismos “naturales” de defensa y protección frente a sus depredadores. Los calamares, por ejemplo, segregan tinta que los oculta; otros se mimetizan con su entorno o se protegen de conchas, espinas o de significativos colores que disuaden a sus agresores
En el caso de muchos cachorros y crías del reino animal, el ser humano incluido, el mecanismo principal de defensa y protección es “algo que emiten o exhalan” y que provoca en el posible depredador un sentimiento de empatía, muy dulce, grato y confortable, que disuade de toda agresión y provoca actitudes de protección, de cuidados y de cariño. Este sentimiento es la ternura, el arma de los inermes: de los que carecen de “armas convencionales” para protegerse.
Por eso nos repugnan tanto la violencia y la agresión contra los niños, los cachorros, los indefensos, los desvalidos, los vulnerables, es decir, contra los inermes.
Es tan eficaz la ternura que, no solo es una reacción de los individuos, sino que se va convirtiendo en conciencia ética colectiva y operará como factor decisivo para el conjunto de personas, pueblos y naciones, a la hora de dotarse, de convicciones, de normas, reglas o leyes para la convivencia.
Dicen que Pablo Neruda, al valorar la participación de las Brigadas Internacionales en la defensa de la República española o la acogida de los exiliados españoles en Latinoamérica, dijo que “la solidaridad es la ternura de los pueblos”. También dicen que lo dijo o repitió Gioconda Belli. En todo caso, como entonces lo fue, la ternura es hoy, por ejemplo, la reacción solidaria global ante la masacre de los palestinos en Gaza y Cisjordania. Ternura es la manifestación de millones de personas a lo largo y ancho del mundo contra el genocidio palestino; ternura fue el aborto de la última etapa de la vuelta ciclista a España o cada una de las flotillas con ayuda humanitaria que trataron de llegar a Gaza; ternura es toda movilización de solidaridad o presión a favor de los inermes, hoy agredidos por los depredadores, seguramente, más violentos y eficaces de la historia: Los plutócratas o cleptócratas que gobiernan, de facto y también de jure, el mundo.
El patriarcado siempre se sintió intimidado por la ternura y, para defenderse, la concibe y explica como señal de debilidad y característica propia de lo inferior, de lo subordinado, es decir, de lo femenino. Pero resulta que, precisamente la mujer, ha desenfundado la ternura que está operando, cada día con más eficacia, como arma de seducción masiva que, afortunadamente, afecta ya a la “masculinidad”.
No sé lo que se tardará, pero quiero creer que la ternura prevalecerá porque es esencial para la misma vida de los seres humanos y de los pueblos. En caso contrario, será la especie humana la que no podrá subsistir.
Me parece que esta foto de Lila ilustra muy bien lo que quiero decir.