En el pequeño sumergible “TITAN”, de la empresa privada americana “Ocean Gate”,  decidieron embarcarse cinco supermillonarios para realizar un viaje al fondo del Océano solo para poder ver y contemplar personalmente los restos del Titanic. Por cierto, también cargado de ricos, además de sus sirvientes y la tripulación,  y hundido a 3.748 m. de profundidad, e abril de 1912. El mini-submarino TITAN perdió la comunicación con el buque nodriza y está en riesgo de hundimiento definitivo con peligro inminente de muerte para sus cinco tripulantes.

El viaje del sumergible TITAN no tenía ningún objetivo ni interés científico o de investigación concreto o definido. Su motivación era estrictamente “turística” o exploratoria de un futuro y lucrativo negocio para millonarios. Un “turismo” esnob, caprichoso y estrafalario como el de esos otros mega-ricos que viajaron al espacio.

Prácticamente al mismo tiempo se hundía en las costas de Grecia, a 80 km del Peloponeso, un pesquero de unos 30 m., cargado con entre 400 y 750 personas, de ellas entre  50 y 100 niños. Solo se pudieron rescatar alrededor de 100 personas. Las demás desaparecidas o ahogadas.

El barco había salido de Tobrouk no tenía un objetivo pesquero, de investigación marina y mucho menos turístico. Se dirigía Italia con inmigrantes y refugiados, pobres y desposeídos de lo más fundamental, que huían de la guerra, del hambre, de  la sequía o de la violencia extrema y buscaban seguridad, una calidad mínima de vida y  dignidad. Sobre todo dignidad. Los mismos objetivos por los que murieron ahogadas en el Mediterráneo más de 20.000 personas  desde 2014.

El accidente del sumergible TITAN conmueve y, a esta hora, mantiene expectante al mundo y  creo que afecta directamente aun número relativamente pequeño de familiares, amigos,  ricos o millonarios, compatriotas o congéneres de clase.

El naufragio del pesquero, del que, a lo mejor por mi culpa, no me sé ni el nombre, conmueve al mundo durante unos días y afecta directamente, creo, a un número  altísimo de familiares, amigos, compatriotas diversos, clases medias y trabajadoras que saben bien lo que es la explotación, la lucha por la supervivencia; que experimentan a diario los efectos de todo tipo de violencias y que, muchas veces han de jugarse la vida para vivir. Es decir: no sé medir cuanto tiempo  y a cuanta gente conmoverá esta tragedia, pero si sé que afecta muy grave y directamente a la mayoría de la humanidad. Puedan saberlo o no.

Ante el accidente del TITAN se desplegaron medios de salvamento y de búsqueda espectaculares: Guardacostas, aviones, sonoboyas, barcos públicos y privados, robots submarinos y parece que todos los recursos disponibles.

En el naufragio del pesquero sin nombre parece que un carguero que pasó a su lado les dio agua, las señales de alarma que se emitieron desde el pesquero no despertaron a los magros servicios de salvamento de la zona, los pasajeros y tripulantes no tenían ni chalecos salvavidas e incluso el capitán y los mandos del pesquero se apresuraron a abandonarlo ante la inminencia del naufragio. En otros casos similares se llegaron incluso a impedir rescates desde las administraciones públicas.

Todo esto para Feijóo sería “una obviedad”, como la de la violencia de género, ante las que no tiene nada que decir y mucho menos quiere hacer. Pero la realidad, pura y dura, es que todo esto es un efecto directo, no colateral, del sistema capitalista, plutócrata y “cleptócrata” que hemos construido o dejado construir, por acción, omisión o cooperación criminal. Un sistema, económico y por ende político, que nos encanalla a todos, nos conduce a la muerte y que, si no se para, provocará la extinción de nuestra propia especie. Lo cual sí que es obvio, aunque la santa compaña de Feijóo no pare de negarlo.  Yo  lo veo así.

 

 

 

 

 

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